7 de mayo de 2007

Juguito de naranja

La Witbier que hicimos lleva extracto de naranjas amargas. Eso nos hizo revivir nuestros tiempos de purretes, en los que librábamos duras batallas a naranjazos, que nada tenían que envidiar, estratégicamente, los espartanos. Crecimos bajo esas plantas de naranjas, a la vuelta de casa, era la parte más sencilla de la receta... pero no tuvimos en cuenta que han pasado más de 20 años; ya no resulta fácil subirse a los árboles, ni hablar de tratar de colgarse de una rama siquiera. ¡Qué poco digno es andar a los palazos para bajar unas míseras naranjas! Y aparte, qué vergüenza que dos tipos grandes anden a los saltos, tratando de atrapar las naranjas que están más abajo. Menos mal que era la hora de la siesta y la mayoría de los vecinos no estaban mirando.

Esas naranjas no tuvieron nunca otro fin más que bélico para nosotros, los niños de antaño. ¿Serían amargas como lo pide la receta? ¿Qué tan amargas las recordábamos? Entonces, no quedaba otra, se procedió a la cata de las mismas, lo que nos trajo, inmediatamente, todos los recuerdos de la infancia, entre ellos el por qué del uso militar exclusivamente. ¡Un asco! Verdaderamente más que amargas, ¡PUAAAJJJ!. Con el amargor, que aún no nos ha abandonado, escribimos este post.


Ya el barrio no es el mismo ni tampoco hay tantas plantas de naranjas silvestres como antes. Y mucho menos pibes cagándose (es la más correcta de las expresiones en éste caso) a naranjazos. Estamos en la era del Playstation, las calles están limpias de naranjas.

En resúmen, nos aprovisionamos de naranjas, robándolas de la casa de un conocido político local. Sin ningún tipo de afiliación ni sentimiento partidario, sentimos como que hacíamos algo de justicia.


Corrección: las plantas de naranjas están en la vereda, así que no son robadas, solamente las tomamos de ahí.